JESÚS ES LA SIMIENTE


Génesis 3:15

Verdaderamente los pensamientos de Dios no son los nuestros, pero me maravilla ver como su perfecto plan, movido por un amor inexplicable, es capaz de rescatarnos haciéndose un ejemplo vivo de lo que anhela de cada uno de nosotros. 

Su simiente, el segundo Adam, despojado voluntariamente de su condición divina, se extiende hacia cada uno de nosotros y nos alcanza, se hace presente, próximo, rescatándonos con un amor que se hace patente y fluye en esta tierra con su poder sanador llenándolo todo, como las aguas cubren el mar. 

Y todo ello lo entendemos cuando miramos testimonios de vida que marcan nuestra alma y hacen gritar nuestro corazón. Así es lo que ocurre cuando miro a Helia, así es como se hace profundo y rico en mí el conocimiento del verdadero sentido de la redención. 

Esa pequeña mozambiqueña nació ya herida. El Sida llevó a su madre a la muerte, y en un triste y maltrecho parto gemelar se paralizó su cuerpo… y su vida. Comenzó así su esclavitud, atada a un cuerpo que no le respondía, a un familiar del que no pudo defenderse, a un pozo oscuro donde desearon su muerte (literalmente). 

Pero Helia se encontró en el camino corazones redimidos, un trozo de cielo entre tanto dolor, un lugar de aceptación incondicional, de seguridad, de amor profundo y sincero. Se encontró con vidas que habían conocido el descanso del abrazo del Padre y que ahora extendían sus manos para seguir derramando de la misma agua de vida recibida. Se encontró con la simiente prometida, esparcida, capaz de restaurar, de sanar, de levantar (Sekeleka en changana), y resplandecer el rostro de aquel que estaba perdido, pero que ahora vive. 

Es cumplida así esa promesa divina, llena de gracia, que fue impregnada de dolor, pero también de restauración, de cruz, pero también de nuevos comienzos.

El cuerpo de Helia aún está herido, pero se mueve libre aún en sus limitaciones, baila, abraza, ríe y llora, se alegra y enfada, y busca siempre esa caricia tierna que derrama en ella la victoria de Aquel que es la simiente de vida eterna. Para mi es un ejemplo vivo de como Dios se glorifica en nuestros aguijones, debilidades y torpezas, de como Él libera y vence, y de como esa promesa eterna de victoria es una realidad cada día. 

Necesitamos reflexionar, seriamente, detenidamente: ¿he sido de verdad redimida por ese amor tan grande? ¿me he rendido a esa promesa llena de gracia?, y si es así ¿hacia dónde está fluyendo ese amor inmerecido que he recibido? ¿cuántas vidas está tocando? ¿cuánta simiente estoy esparciendo? Esa simiente, Jesús mismo, es quién aplastó la cabeza de aquel que hurta, mata y roba para apropiarse de nuestras esperanzas. 

Él vive hoy, Emmanuel, Dios con nosotros, ¡extendamos la simiente eterna!

Paloma Ludeña Reyes, Bellreguard

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