UN CORAZÓN DISPUESTO A COMPARTIR


LECTURA: JOB 29:1-17

El titular de las noticias dio inicio de la siguiente forma: “Niño de cuatro años con graves quemaduras, se debate entre la vida y la muerte. Para complicar la situación ahora está huérfano, debido a la explosión de gas que hubo en el edificio donde vivía, y que además cobró la vida de 500 personas”.

Posiblemente en aquel momento esta historia fue vista por un sinnúmero de personas, quienes simplemente la consideraron como otra de las numerosas historias que aparecen a diario en los noticieros, y que se olvidan luego de una hora. No obstante, para una mujer no fue así, ya que esta historia la conmovió hasta lo más profundo de su corazón, y no pudo dejar de pensar en aquel pequeño niño.

La preocupación de esta mujer la llevó a localizarlo, se encargó de su asistencia médica por más de dos años, lo visitaba diariamente y le brindó todos los cuidados para su recuperación. Finalmente y luego de un proceso legal, logró adoptarlo.  Ahora el niño tenía nuevamente a alguien que lo quisiera y que estaba dispuesta a entregarse de él en cuerpo y alma, con tal de que saliera adelante.  Podríamos decir que esta mujer es una en un millón.

Esta historia nos hace recordar a Job, de quien leímos hoy.  Por lo general, estamos acostumbrados a asociar a este hombre, con el modelo del hombre justo que sufrió sin merecerlo.  Pero fue mucho más que eso, el mismo Dios dijo lo siguiente: “…no hay otro como él en la tierra…” (Job 1:8).  Si nos tomamos el tiempo y leemos los capítulos del 29 al 31, encontramos a un Job con una fuerte devoción a Dios, mostrando un interés genuino por otros.  Era “uno en un millón” para los huérfanos, viudas y oprimidos (Job 29:12-17; 31:16-22).

  1. Señor, danos un corazón que se interese en los demás, que exprese compasión y brinde amor a las personas necesitadas.
  2. El verdadero amor ayuda a quienes no tienen nada que dar a cambio.

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10).

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