EL PROPÓSITO DE BELÉN


Isaías 53:4

Los mercadillos navideños son lugares de ilusión dónde admiran, niños como mayores, los entrañables belenes llenos de cálida paz y gozo. Sin embargo hace 2000 años Belén de Judá fue el inicio de un dramático evento 33 años más tarde.

Jesús nació en carne con el objeto de morir en carne. Belén y Gólgota están unidos irremediablemente y el pesebre carece de sentido si una cruz no fue levantada sobre un monte cerca de Jerusalén. «El amor de Dios exige el Calvario y nada menos; el amor de Dios está inscrito en la cruz, y en ningún otro lugar» (Oswald Chambers).

Jesús aceptó ser herido, maltratado y padecer nuestros dolores en vista de nuestra salvación. En su muerte muchos reciben la vida. No es un mártir condenado por proclamar sus ideas en lugar inapropiado, sino que se ofreció él mismo para librarnos de la paga de nuestros pecados clavándolos por siempre en la cruz. Por esa razón nació Emmanuel en ese pesebre de Belén, para declararnos justos ante Dios en su sangre. Pero el mundo lo ha menospreciado siendo él perfecto, ignorando su magno propósito.

Pero el drama se torna en esperanza por la visión de una piedra que ya no cubre una tumba vacía la cual proclama: ¡resucitó! Por ello la obra de Cristo no es llanto ni muerte sino gozo y vida, y en su resurrección nuestra fe se convierte en auténtica y eficaz (1 Corintios 15:17).

Si en su pobreza fuimos enriquecidos, por sus heridas fuimos sanados, y en su muerte tenemos vida, qué será cuando nos encontremos de lleno en su riqueza, en su gloria y vivificados en él para vida eterna.

Daniel Abad, Dénia

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